Archivo de la categoría: Cuentos

La distancia más corta entre una persona y la verdad es un cuento

Cuento

En un lugar en oriente, había una montaña muy alta que no dejaba entrar los rayos del sol, motivo por el cual los niños crecían raquíticos. Entonces, un viejo, el de mayor edad del poblado, se encaminó con una cuchara de porcelana hacia esa montaña.
Al verlo, le preguntaron sus vecinos: ¿Qué vas a hacer en la montaña?
-Voy a moverla.
¿Y con qué las vas a mover?
-Con esta cucharita de porcelana.
-Jajaja, nunca podrás.
-Sí, nunca podré, pero alguien tiene que comenzar a hacerlo

mover montañas

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Cuento

El discipulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:

-¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?

El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le explicó:

-Tú estás durmiendo. Supóntelo. Sueñas que vas en un barco con otros pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?

estoy muy bien

Cuento

Ocurrió una vez que en un pueblo murió de vejez el juez. Como tardaba en llegar el sustituto y los casos se acumulaban, los ciudadanos decidieron nombrar en el puesto interino a un convecino suyo a quien todos respetaban por su sabiduría y sentido de la justicia.

Al día siguiente le llegó el momento de presidir un juicio. Empezó hablando el fiscal, que, de un modo brillante y elocuente, convenció a todos los presentes sobre la culpabilidad del reo.
-¡Tiene razón el fiscal! -exclamó el improvisado juez.
-Señoría, aún debe oír al abogado -le recordó el secretario del juzgado.
Tomó entonces la palabra el abogado, que, en brillantísima exposición, también convenció a los presentes sobre la inocencia de su defendido.
-También tiene razón el abogado -dijo el Juez.
-¡Pero señoría! -volvió a intervenir el secretario-. ¡No es posible que tengan razón los dos!
-¡El secretario tiene razón también! – Dicho lo cual, el juez dio por terminado el juicio.

juicio

Cuento

Según un cuento chino, un rey, famoso por su coraje y ecuanimidad, perdió casi todo su reino y hasta el último de sus soldados, como consecuencia de los violentos ataques y saqueos de las hordas bárbaras. No le quedaban más que dos servidores y su castillo era el último bastión que impedía a los conquistadores dominar sus territorios y esclavizar las aldeas diezmadas por el continuo acoso.

Y llegó el día en que se supo que los bárbaros avanzaban hacia las puertas de la ciudad con la intención de poner cerco al palacio. Se cuenta que esa noche, cuando llegaron las noticias del avance enemigo se vio el rostro del monarca marcado por el temor y la responsabilidad, pero en ningún momento abatido por el miedo.

Al amanecer el rey ordenó a sus servidores que abrieran todas las puertas y ventanas, y acto seguido se instaló en una de las almenas a fin de observar la llegada de los invasores. Inmutable, les vio avanzar hasta la escalinata de palacio.

Pero su serenidad perturbó hondamente a los bárbaros. Éstos supusieron que les esperaba una trampa en su interior. En vez de poner cerco a aquel lugar, el jefe reunió a sus hombres y tocó a retirada.

El rey dijo entonces a sus servidores: -Ved, y no olvidéis nunca que, una misma emoción, el miedo, a ellos les ha impulsado a huir atemorizados y a nosotros nos ha motivado a permanecer en nuestro puesto, encontrando una respuesta creativa a tan atemorizante situación.

castillo sitiado

Cuento

Se cuenta que un monje peregrino había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto se acercó corriendo hasta él un aldeano y le dijo: ¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa!

¿Qué piedra?, -le preguntó el monje.

La otra noche, -respondió el aldeano-, se me apareció en sueños una divinidad y me aseguró que si venía al anochecer a las afueras de la aldea, encontraría aun monje peregrino que me daría una piedra preciosa con la que sería rico para siempre.

El monje peregrino rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra: Probablemente se refería a ésta, -dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano-. La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Puedes quedarte con ella.

El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante! Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre. Así que tomó el diamante y se marchó. Pasó la noche dando vueltas en la cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al monje peregrino y le dijo: No quiero el diamante, quiero la riqueza que con tanta facilidad te permite desprenderte de él

meditando arbol

Cuento

Había un joven monje que queria conocer a Buda y ser discípulo suyo. Había escuchado que estaba predicando en un pueblo y se dirigia hacia allí. Por el camino se encontró a un anciano que acarreaba una gran carga de leña y decidió desviarse un poco para ayudarlo y acompañarlo a casa. Cuando al fin llegó al pueblo, Buda se habia marchado.

Preguntando de pueblo en pueblo averiguó a donde habia ido y se puso en marcha, pero por el camino encontró una mujer que habia caído al rio y se ahogaba. Se tiró a salvarla, encendió un fuego para calentarla y se quedó con ella hasta que se repuso. Cuando finalmente llegó al pueblo, Buda ya no estaba.

Pasaron muchos años y el monje nunca consiguió encontrar a Buda, siempre llegaba tarde. Un dia supo que se encontraba en el pueblo de al lado, pero que estaba muy enfermo y no viviría hasta el amanecer. Decidió que esta vez si conseguiria conocerlo, nada le podria detener.

Mientras cruzaba el bosque encontró un ciervo, herido por la flecha de un cazador. El monje dudó si debia seguir su camino, pero no podia abandonar al ciervo moribundo. Le curó sus heridas, lo tapó con su manta y lo cuidó toda la noche. Al amanecer, el monje se sintió triste y pensó “he perdido mi última oportunidad, nunca podré conocer a Buda porque ha muerto”. Entonces el ciervo se pusó de pie y le dijo:

-”Mientras quede en el mundo gente con tanta compasión como tu, Buda no morirá. No necesitabas conocerme porque siempre me llevaste en el corazón. “

Cuento

Un criado sufría mucho con el carácter de su amo. Volvió un día este señor a casa de muy mal humor, se sentó a la mesa para comer; pero hallando la sopa fría, y cediendo a la cólera, cogió el plato y lo arrojó por la ventana. Se le ocurrió al criado ir echando tras la sopa la carne que había puesto en la mesa, luego el pan, el vino y al final los manteles.

-¿Qué haces, temerario? -dijo el amo irritado, levantándose furioso.

-Perdóneme usted, señor -respondió con seriedad el criado-, si no he comprendido bien su intención. He creído que usted quería comer hoy en el patio. ¡El aire es tan apacible!, ¡el cielo está tan sereno! Mire usted el manzano ¡cuan hermoso está en flor y con qué gusto buscan las abejas su alimento en él!

El amo reconoció su falta, se corrigió de ella, y dio gracias interiormente al criado por la lección que acababa de darle.

Mirad que bien se lo montaban en un parque de Berlin

Cuento

Un maestro estaba comiendo melón y le ofreció a su discípulo.

—¿Qué? ¿Está bueno? ¿Cómo lo encuentras de sabor?

—¡Está exquisito, Maestro! —respondió el discípulo.

—¿Qué es lo que está exquisito, el melón o la lengua? —preguntó el Maestro.

El discípulo se estrujó el cerebro y extrajo de allí al fin la siguiente confusa respuesta:

—El sabor del melón, puramente hablando, no existe, sino que lo percibimos en tanto que sabor debido a la interdependencia entre la lengua y el melón, y no sólo de estos dos, sino que también…

—¡Imbécil, más que imbécil! —le dijo el Maestro montando en cólera—. ¿A qué viene complicarse el espíritu de esa manera? ¡El melón está exquisito! ¡Eso es todo!