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Trozos que nos han parecido interesantes

En la formación del yo-idea

Vuelvo a estar por aquí  🙂  después de dejar a mi compi una temporada contando sus experiencias niponas y yo estando en una especie de retiro (sobretodo de internet!) vuelvo a ocuparme del blog, que está muuuy abandonado últimamente, pero bueno eso aquí ya no nos importa, nos da igual las visitas que tenga, los comentarios que hayan, que mañana llueva o este frío del carajo. En otro giro de inflexión blogeril, a partir de ahora, hablaremos cuando haya algo que decir, callaremos cuando sea el momento y tiraremos de copia-y-pega cuando estemos mucho tiempo sin escribir! Como es el caso de hoy 😉

Releyendo al bueno de Antonio Blay (super recomendable cualquier libro suyo) me gustó esto que dice en su libro “Energia Personal” y del que os pongo este fragmento. Así que hola de nuevo y en breve interesantes (o no) reflexiones sobre la vida y sus cosas… Aquí va el texto:

      En la formación del yo-idea: En primer lugar, todo lo que no hemos podido realizar en el mundo real, tendemos a llevarlo a cabo en el mundo imaginativo. En él vivimos de un modo ilusorio unos papeles, unos estados y unas situaciones completamente artificiales. Apenas dejamos de estar plenamente lúcidos, en cuanto el consciente se apaga, comienza a dominar la fantasía, que es el lenguaje plástico del inconsciente, de lo reprimido, del mundo de los impulsos y sentimientos no expresados -impulsos en el nivel vital (de actividad, de esfuerzo, de lucha, etc.), no necesariamente sexuales-, y sentimientos, de los que hablamos anteriormente.

Observando el mundo de la fantasía advertiremos que todas las imaginaciones giran siempre en torno de un único protagonista: nuestro yo, héroe de todas las hazañas. La imaginación tiende siempre a compensarnos de lo reprimido en el interior, por no haberlo podido convertir en experiencia consciente, elevando un pedestal fantástico al yo.

Pero esta tendencia es sumamente peligrosa. Lentamente la idea que tenemos de nosotros mismos va dejando de ser reflejo de nuestra realidad, de nuestra experiencia, para ir participando cada vez más de estos contenidos imaginativos. Insensiblemente esa idea se convierte en el centro de todas nuestras correrías imaginativas, hinchándose y adquiriendo proporciones desmedidas, con lo que se aleja progresivamente de nuestra realidad formándose así lo que en psicología se llama yo-idea, opuesto al yo-experiencia.

Las consecuencias de tal desviación son funestas, pues a partir de este momento, aunque queramos pensar de un modo lúcido acerca de nosotros mismos, no podremos hacerlo correctamente, ya que partimos de una perspectiva inicial falsa: las premisas son erróneas, por estar formadas por una idea parcialmente equivocada del yo. Y todo lo que pensemos sobre nosotros, o sobre cuanto esté relacionado con nosotros, como nuestras cosas o la opinión de la gente respecto a nosotros, será siempre parcialmente falso de modo inevitable.

De aquí se deduce la inutilidad de pensar en nuestros problemas cuando en ellos va involucrada de una u otra forma la valoración de nosotros mismos, porque pensaremos de un modo equivocado y no daremos nunca con la verdadera solución. Nos referimos, por ejemplo, a tratar de responder con acierto a preguntas como éstas: «¿Qué diré para quedar bien ante tal persona? ¿Qué pensará de mí en tal situación? ¿Qué ocurrirá si se sabe tal o cual cosa?», etc. En ellos juega un importante papel la idea que yo tengo acerca de mí mismo, la importancia de mi yo. Y, por mucho que pensemos, aunque manejemos otros datos correctos, el factor central del asunto, nuestra perspectiva del yo, hará desviar la óptica de la cuestión y nos impedirá llegar a una conclusión correcta, acertada, realista. De ahí nuestro consejo de no pensar cuando se trate de problemas de esta clase, no como medida restrictiva, negativa, sino porque es mejor no pensar para no errar, para no llegar a conclusiones falsas.

energia personal Antonio Blay

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Siempre llegarás a alguna parte (si caminas lo suficiente)

-Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.

-No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.

-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.

– … siempre que llegue a alguna parte – añadió Alicia como explicación.

– ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el Gato -, si caminas lo suficiente!

Alicia y el gato

Colleja cósmica

Sacado del libro de Michael E. Gerber “La empresa e-myth” ahí va este interesante texto:

“Existe una parte de nosotros, por pequeña y tímida que sea, a la que le gusta que le sacudan un poco. Porque es esa sorpresa al despertar, esa colleja cósmica, esa patada existencial en el trasero, ese grito primitivo de nuestra conciencia atribulada que nos dice: ¡Despierta!, ¡Despierta!, lo que nos extrae del éter, lo que nos libera de la fila india, lo que nos saca del sueño y hace que lo miremos directamente, lo que nos abre los ojos, lo que nos hace respirar, pensar, movernos,… ¡vivir!.”

Las trampas de la tristeza: La resignación

Extraído del libro “Inocencia radical” de Elsa Punset, una emotiva historia de la doctora Elizabeth Kübler-Ross (1926-2004) experta en personas moribundas y cuidados paliativos, creadora de las cinco etapas del duelo:

Aunque hoy en día parezca increíble, cuando Elizabeth Kübler-Ross trabajaba en los hospitales europeos y norteamericanos había poca o nula sensibilidad al hecho de que los pacientes terminales necesitan ayuda psicológica y emocional para afrontar la última pérdida, la de sus propias vidas. Los pacientes desahuciados morían solos, apartados en habitaciones aisladas. Cuenta Elizabeth que el interés que sentía hacia estos pacientes se disparó cuando en los pasillos del hospital se dio cuenta del extraño efecto que una señora de la limpieza afroamericana tenía sobre muchos de los pacientes más gravemente enfermos de la planta. Cada vez que ella salía de alguna de las habitaciones, la doctora Kübler-Ross comprobaba que los pacientes habían cambiado su actitud hacia la enfermedad de forma significativa. Quiso conocer el secreto de esa mujer humilde, que no había terminado sus estudios escolares pero que parecía albergar una clave importante.

Un día se cruzaron en el pasillo. Elizabeth, impaciente y brusca, se dirigió a la mujer de forma casi agresiva: “¿Qué está usted haciendo con mis pacientes?”. Naturalmente la mujer se puso a la defensiva. “Sólo estoy fregando los suelos”, dijo de manera educada y se fue. Durante las siguientes dos semanas la doctora y la señora de la limpieza se vigilaron con desconfianza. Finalmente, una tarde la mujer se plantó frente a la doctora en el pasillo y la arrastró hacia la sala de enfermeras. Elizabeth recuerda en sus memorias esa imagen curiosa, la de una mujer humilde arrastrando a una profesora de psiquiatría amparada por su bata blanca.

Cuando estuvieron completamente a solas, cuando nadie podía oírles, la mujer relató su vida trágica: había crecido en el sur de Chicago, en la pobreza y la miseria, en un hogar sin calefacción ni agua caliente donde los niños estaban crónicamente desnutridos y enfermos. Como la mayor parte de las personas pobres, ella no tenía forma de defenderse contra la enfermedad y el hambre que los azotaban. Un día, su hijo de 3 años enfermó gravemente de neumonía. Lo llevó al servicio de urgencias del hospital local, pero les debía diez dólares y la rechazaron. Desesperada, caminó hasta un hospital donde estaban obligados a atender a personas sin recursos.

Por desgracia ese hospital estaba lleno de personas como ella, personas que necesitaban urgentemente ayuda médica. Le dijeron que esperase. Tras varias horas de espera vio cómo su hijo se ahogaba y finalmente murió en sus brazos.

Cuenta la doctora Kübler-Ross que era imposible no sentir lástima por la terrible pérdida de esa mujer. Pero lo que más le llamó la atención fue la forma en la que ella contó su historia. Estaba profundamente triste, pero en ello no había negatividad, reproches o amargura. Emanaba una paz que asombró a la doctora. Cuenta Elizabeth que se sintió entonces como una alumna que miraba a la maestra.

Entonces la mujer reveló su supuesto secreto, con voz serena y directa: “A veces entro en las habitaciones de estos pacientes y veo que simplemente están aterrorizados y que no tienen con quien hablar. Así que yo me acerco a ellos. A veces les toco las manos y les digo que no se preocupen, que no es tan terrible, que estoy con ellos, que he estado allí”. Poco tiempo después, Elizabeth Kübler-Ross consiguió que esa mujer dejase de fregar los pasillos y se convirtiese en su primer asistente, la que daba el apoyo necesario a los pacientes cuando ya nadie más lo hacía. Eso en sí mismo se convirtió en una lección de vida que intentó comunicar sin cesar: no necesitamos un gurú especial o un gran experto para crecer y ayudar a los demás. Los maestros asumen distintas formas: pueden ser niños, pueden ser enfermos terminales, pueden ser la señora de la limpieza. Todas las teorías y la ciencia del mundo, decía, no pueden ayudar tanto como un ser humano que no tiene miedo de abrir su corazón a otro ser.

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Elizabeth Kübler-Ross (Zúrich 1926 – Arizona 2004)

Un mundo nuevo cada mañana

“Sabía que Dios hacía pedazos cada noche el mundo viejo y que creaba otro nuevo cada mañana. Era maravilloso ver cómo iba formándose el sol, cómo surgía a partir del polvo gris del cual era creado. Las cosas y las personas familiares la habían defraudado, y por eso se acercaba a la valla y miraba carretera adelante hasta donde se perdía de vista…”.

De la novela  “Sus ojos miraban a Dios” de Zora Neale Hurston

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Elige

Extraído de la película “Trainspotting”:

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipoteca a interés fijo. Elige un piso franco. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que emboban la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”

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Aclaración: Desde este blog condenamos y rechazamos totalmente el uso de heroína (a menos que te la ofrezca junto con caramelos un desconocido en la puerta de un colegio ;-))

 

Fragmentos de una enseñanza desconocida

Me está gustando mucho el último libro que estoy leyendo “Fragmentos de una enseñanza desconocida” de P. D. Ouspensky, hace unas reflexiones muy interesantes, pero sobre todo me encanta porque me ha costado 1,5 €!!! (de segunda mano, of course). El destino y el ahorro querían que este libro y yo juntásemos nuestros caminos.

Y encima resulta que está subrayado por su antiguo/a dueño/a. Así que en honor a este/a pondré uno de esos trozos subrayados. Solo decir que de momento por lo que he leído, el libro describe el encuentro del filósofo Ouspensky con G. Gudjieff a principios del siglo pasado.

“El hombre-máquina, su yo cambia tan deprisa como sus pensamientos, sus sentimientos y su carácter, y comete un grave error al considerarse a sí mismo siempre una misma persona; en realidad, siempre es una persona diferente, no la persona que era hace un instante.

El hombre no posee un yo permanente e inmutable. Cada pensamiento o deseo del hombre surge y vive de forma completamente separada e independiente de su Todo. El hombre carece de yo individual. Pero, en lugar de éste, existen cientos y miles de pequeños “yos” independientes, muchas veces completamente desconocidos unos de otros, sin entrar nunca en contacto, o, por el contrario, hostiles unos con otros, mutuamente exclusivos e incompatibles. A cada minuto, a cada momento, el hombre está diciendo o pensando “yo”. Y, cada vez, su yo es diferente. Ahora es un pensamiento, ahora es un deseo, ahora una sensación, después es otro pensamiento, y así sucesivamente, sin parar. El hombre es una pluralidad.

La alternancia de “yos”, su evidente y continua lucha por la supremacía, está controlada por influencias externas fortuitas. Esto explica por qué la gente toma decisiones y pocas veces las lleva a cabo. Un hombre decide levantarse temprano a partir del día siguiente: un yo, o un grupo de yos, lo ha decidido. Pero levantarse es asunto de otro yo que está en completo desacuerdo con la decisión y que, tal vez, no sepa nada absolutamente nada de ella. Por supuesto, el hombre seguirá durmiendo por la mañana, y por la tarde, volverá a decidir levantarse temprano.”

ha ha Nelson Muntz